Yemen, la guerra silenciada

El conflicto étnico que padece este país de la península arábiga está derivando, una vez más, en una pieza del tablero de la partida entre Riad y Teherán por convertirse en la principal potencia regional de Oriente Próximo

Yemen está a punto de convertirse en una guerra de trincheras. Y en una crisis humanitaria sin precedentes. El con flicto armado que devasta el país desde el año 2015 ha dejado ya más de 12.000 víctimas mortales a causa de los enfrentamientos y más de cuatro millones de desplazados. Además, a finales de año, se espera alcanzar el millón de muertos debido al brote de cólera incontrolado que ha cruzado ya las fronteras hacia el país vecino, Arabia Saudí.

El Estado más pobre de la región no ha vivido en paz desde su descolonización. Sucesivas guerras y conflictos tribales —especialmente desde la unificación de Yemen del norte y Yemen del sur en la década de los 90— han golpeado generación tras generación a los ciudadanos yemeníes. En esta última ocasión los antecedentes más próximos del conflicto se remontan a las revoluciones árabes de 2011, que también tuvieron su eco en esta parte del mundo. La corrupción y la pobreza fueron los temas que encabezaron las protestas de los jóvenes en la capital del país, Sanaa; en Taiz, provincia situada al suroeste, y en el área de Golfo de Adén, en el sur.

El descontento popular condujo al intento de asesinato del presidente, Ali Abdullah Saleh, que renunció a su cargo en 2012 a favor del vicepresidente Abdi Rabbo Mansur al-Hadi. Pero, los yemeníes no aceptaron la implantación del wahabismo (rama más radical del Islam suní y predominante en Arabia Saudí) ni la retirada de subsidios sociales en 2014. El precio de la gasolina se incrementó en un 90 por 100 a la vez que los índices de pobreza se dispararon. Estas medidas, entre otras, desencadenaron los primeros enfrentamientos urbanos.

Los zaidíes, rama del movimiento musulmán chií —conocidos popularmente como los hutíes y mayoritarios en la zona más oriental del país— se organizaron formalmente en contra el Gobierno suní. Incapaz de gestionar las luchas intestinas entre las tribus del país, Hadi renunció a su cargo y huyó al Golfo de Adén, desde donde revocó su decisión para posteriormente dirigirse hacia Arabia Saudí.
Chiitas y sunitas

El 25 de marzo del año 2015, Riad lideró una coalición árabe contra los hutíes, aliados de Irán, y bombardeó por primera vez Yemen, lo que desencadenó oficialmente un conflicto que a día de hoy parece inamovible. «La guerra está siendo un fiasco económico enorme, además de las pérdidas humanas silenciadas», explica Eva Erill, que dirige junto a otras cuatro mujeres la única ONG española, Solidarios Sin Fronteras, que opera en suelo yemení.

A día de hoy los hutíes y sus aliados, los simpatizantes del ex presidente Saleh —quien, paradójicamente, antaño fue enemigo acérrimo de los chiíes—, controlan la zona norte del país y la capital. Por su parte, Arabia Saudí se ha hecho fuerte en el sur y este, donde mantiene vastas extensiones de desierto. Pero, ¿cuál es el interés real de Riad y sus socios árabes sobre este territorio? Los wahabíes pretenden potenciar su influencia regional, debilitada por la caída en picado de los precios del crudo, el aumento de la pobreza y el paro regional.

Además, el control de Yemen garantiza a Riad su influencia sobre el Golfo de Adén y el estrecho de Baab al Mandeb, por donde circulan de forma diaria cerca de cuatro millones de barriles de petróleo. De esta forma, la Casa Saud evitaría definitivamente el estrecho de Ormuz, controlado actualmente por Irán. De hecho, desde hace años Arabia Saudí planea un nuevo oleoducto desde sus grandes yacimientos en el este del país hasta el Golfo de Adén, atravesando la región de Hadramut, ahora controlada por Al Qaeda
Sin embargo, la implantación del plan Visión 2030 —cuyo objetivo es reestructurar la economía del país y hacerlo menos dependiente del petróleo— está forzando al príncipe heredero, Mohamed bin Salman, a replantearse su presencia militar en el país vecino. Aún no se sabe si cambiará su estrategia centrada en bombardeos aéreos sobre infraestructuras clave. Según ha documentado Amnistía Internacional, la coalición árabe estaría utilizando bombas de racimo, prohibidas internacionalmente. Lo cierto es que a día de hoy, Yemen corre el riesgo de estancarse mientras la población padece los males del bloqueo marítimo y aéreo impuesto por Arabia Saudí y el bloqueo terrestre decretado por los huzíes en Taiz al limitar la entrada de suministros médicos esenciales y de alimentos.

Desastre humanitario

En conjunto, el 55 por 100 de los centros sanitarios del país han quedado totalmente destruidos a causa de los bombardeos. Cerca del 76 por ciento de los ciudadanos yemeníes no tiene acceso a la asistencia médica. Hay casi cuatro millones de desplazados en el país y el bloqueo impide el acceso de la ayuda humanitaria, cuando más de 20 millones de personas viven por debajo del umbral de la pobreza. «Las cifras de Naciones Unidas no se han actualizado desde hace un año, pero en Yemen muere un niño cada cinco minutos. Hay 5.000 infectados diarios de cólera. ¿Qué más tiene que pasar para que reaccionen?», reclama Erill.

Con la situación actual, las facciones terroristas que operan en el sur y este del país son las grandes beneficiadas del conflicto. Al Qaeda, que controla la provincia de Hadramut, situada al sur del país, ha conseguido rearmarse y disputa contra los separatistas de Adén los territorios sureños. Según Erill, sobre el escenario, «hay tres fuerzas oficiales en Yemen: los combatientes sunitas que apoyan al Gobierno de al-Hadi; los partidarios de los hutíes y el movimiento separatista de la región de Adén, que se enfrenta tanto a las fuerzas leales a al-Hadi como a las facciones terroristas que luchan por el control del territorio».

Como suele pasar, la población civil se ha visto en medio de un enfrentamiento del que apenas entiende. La cooperante de Solidarios sin Fronteras narra que la gente huye de las zonas más conflictivas pero no tiene muchas posibilidades de encontrar la paz. Según UNICEF, en Yemen hay cerca de 4,5 millones de niños que no tienen acceso a la Educación y en torno a 170.000 profesores no cobran su salario desde hace más de un año, es decir, el 75 por 100 del profesorado del país. Además, una de cada diez escuelas ha sido cerrada y cerca de 200 son usadas con fines militares. Más de 1.600 centros educativos han sido bombardeados. La tasa de matrimonio infantil se ha disparado desde el inicio de la guerra y el 60 por 100 de la población de Yemen no sabe cuándo será su próxima comida. «El cólera —extendido por todo el país— ha traspasado la frontera hacia Arabia Saudí. Esta enfermedad es el resultado del bloqueo humanitario, de la insalubridad de las aguas y de la falta de alimentos. La huelga de recogida de basuras, que comenzó hace meses, se prolonga y ya no hay agua corriente, ahora el agua se compra en los camiones cisterna, que en muchas ocasiones no siguen correctamente los sistemas de tratamiento de aguas«, explica la portavoz de UNICEF, poniendo el acento en una de las mayores crisis humanitarias de la historia reciente.

Y entre todo este drama, la desesperación ha llevado a convertir el tráfico de órganos es una opción más de los ciudadanos yemeníes para sobrevivir a la hambruna. Según explica un representante de la Organización Yemení contra la Trata de Personas, el aeropuerto de Sayún (en el noreste del país) y Aden al sur son el punto de partida para las más de 5.000 personas que han cruzado la frontera con el objeto de vender alguno de sus órganos.
Entre 2012 y 2014, fecha en la que se agravó la crisis económica en el país, esta ONG habría intervenido en al menos 300 casos identificados de personas cuyos órganos iban a ser traficados. Sin embargo, debido a la laxitud de la legislación yemení, tan solo pudieron impedir 150 de esas denuncias. Por si fuera poco, afirman que desde 2015 la venta de órganos se ha disparado.
Las redes de criminales se extienden por el país y acampan en cafés, teterías, barberías o a las puertas de instituciones oficiales. También internet se ha convertido —principalmente en la capital— en un bazar de riñones, partes del hígado, el lóbulo de un pulmón o los intestinos… ante la absoluta pasividad de las autoridades. El 90 por 100 de personas que acuden a esta actividad ilegal son varones de entre 28 y 40 años de edad. Las organizaciones ofrecen entre 2.000 y 5.000 dólares por alguno de los órganos vitales que son pagados en el destino —principalmente Egipto, debido a unos criterios de entrada más relajados para los yemeníes— y «donados» a los hospitales cuyos clientes suelen ser grandes fortunas del Golfo u Occidente. Estos llegan a pagar—según la citada ONG—hasta 100.000 dólares a los centros médicos por alguno de los órganos.

Sin embargo, el negocio no acaba aquí. Los trasplantes, que se suelen realizar en clínicas clandestinas sin ningún tipo de seguridad sanitaria, solo son el primer peldaño de una empinada escalera. Posteriormente, a los «donantes» se les ofrece la posibilidad de formar parte de las mismas organizaciones que les reclutaron para que, desde Egipto o Yemen, trabajen en la captación de nuevos «donantes». Por cada nuevo paciente, las redes ofrecen a los intermediarios entre 500 y 2.000 dólares. Una fortuna en un país en el que solo hay hambre, pobreza y muerte.

 

*** Artículo publicado en la Revista Española de Defensa ***

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