Oriente Próximo, Oriente Convulso

La región sufre una escalada de violencia con Siria como epicentro en la que los intereses geopolíticos se funden con la ancestral rivalidad entre chiíes y suníes

El Creciente Fértil palpita al son de los tambores de guerra. Desde Libia hasta Afganistán, el área padece diversos conflictos, a veces guerras encarnizadas y encalladas como la de Siria, que se entremezclan entre sí y sirven de excusa y motivo para que las potencias luchen por su parcela de poder. El kilómetro cero, el punto de inicio de este tablero —algunos ya hablan de una nueva Guerra Fría con Oriente Próximo como principal campo de batalla— ha sido Siria. Un conflicto que el pasado marzo cumplió siete años y en el que ya hay más de medio millón de muertos y doce millones de refugiados (la mitad desperdigados por sus vecinos Líbano, Jordania y Turquía). Apenas hay perspectivas de una paz a corto plazo y la comunidad internacional mantiene un complicado equilibrio sin ser capaz de alcanzar un consenso en el seno de las Naciones Unidas por el constante e inamovible veto de Rusia que ha rechazado una y otra vez cualquier sanción militar contra el régimen de Bacher al Assad.

No obstante Estados Unidos, Francia e Inglaterra realizaron el pasado 14 de abril una operación conjunta de bombardeo sobre posiciones estratégicas como respuesta al supuesto ataque con armamento químico que días antes había tenido lugar en la ciudad de Duma —perteneciente a la gobernación de Damasco—, que causó la muerte a más de 70 personas, la mayoría de ellos niños. La coalición lanzó hasta 103 misiles contra infraestructuras militares del Gobierno sirio, y provocaron —según la agencia oficial de noticias siria SANA— tres heridos. El presidente estadounidense, Donald Trump, quien lideró la operación y que por primera vez se ha involucrado directamente en la guerra de Siria, declaró el éxito de la misión y empleó la misma expresión con la que George W. Bush anunció el fin de la intervención norteamericana en Irak de 2003: «Misión cumplida».

Quince años después de aquella afirmación, y pese a la derrota militar del Daesh, Irak sigue padeciendo la lacra de un constante terrorismo y una inestabilidad acrecentada por las diferencias entre las facciones políticas, étnicas y religiosas. El país, devastado por los efectos de la guerra, tiene unas cruciales elecciones legislativas el próximo 12 de mayo que decidirán cómo se reparte un parlamento dividido entre chiíes (mayoría en el país), suníes y kurdos.

GUERRAS Y ALIANZAS

La marca Daesh hiberna en la red desde que perdiera la práctica totalidad de su territorio y sus dos ciudades más importantes: Raqa, en Siria, y Mosul, en Irak. En Siria, el presidente, Bacher al Assad, que controla más del 60 por 100 del país, permanece en el poder apoyado por sus dos grandes aliados: Rusia e Irán. En el otro lado, una gran amalgama de facciones rebeldes ha perdido el respaldo de la coalición internacional y de Estados Unidos, que tiende la mano a las fuerzas proxy, es decir, a los kurdos del norte de Siria —las Unidades de Protección Popular (YPG/J)— en la lucha contra el terrorismo yihadista. La alianza de la administración Trump con los kurdos ha debilitado las relaciones con el Gobierno de Ankara, que en un ejercicio de fuerza y ante el riesgo de que los kurdos sirios y turcos ganen poder en la región, lanzó dos exitosas operaciones: Escudo del Éufrates en 2016, que fue la primera intervención militar directa de las Fuerzas Armadas de Ankara en territorio sirio, y Rama de Olivo en 2018 sobre el distrito kurdo-sirio de Afrín. Turquía, que se apresura a unas elecciones parlamentarias y presidenciales anticipadas; Irán, que aspira al liderazgo regional; y Arabia Saudí, que a golpe de reformas lucha por mantener la estabilidad en el país, protagonizan un enfrentamiento a tres bandas. Una danza de alianzas, conflictos armados y retorsiones que esgrimirá quién será la nueva potencia hegemónica de Oriente Próximo.

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, se ha convertido en una de las caras más visibles de apoyo a los Hermanos Musulmanes. Sus simpatías a esta corriente del Islam suní le acerca a importantes interlocutores internacionales como Qatar, actualmente enfrentada con Arabia Saudí (que defiende el wahabismo), a los denostados islamistas de Egipto o al grupo Hamás, cuya estructura es muy similar a la de la hermandad musulmana. Además, las aspiraciones otomanistas del presidente, se han plasmado sobre el terreno: la ofensiva de Afrín y su deseo de «conquistar» los territorios sirios hasta la ciudad norteña Alepo ha sido ejemplo de fuerza del que es el segundo mayor ejército de todos los miembros de la Alianza Atlántica (solo superado por EEUU). Por su parte, Irán, mantiene un particular conflicto contra Arabia Saudí e Israel. El país de los Ayatolás apoya al Gobierno alauí de Bacher al Assad en Siria, a los hutíes en Yemen, a los eternos rivales de Israel, Hamás en Gaza (que se declara organización nacionalista palestina e islamista), y Hezbollah en Líbano.

Sus revindicaciones de un «Despertar islámico» han calado en las sociedades árabes antiimperialistas y que cada vez tienen menos confianza depositada en los wahabíes saudíes. «Cuando Israel piensa en quién amenaza su seguridad no piensa en los palestinos, piensa en Irán, por lo tanto la cuestión es hasta qué punto Israel va a seguir permitiendo que Hezbollah y sus aliados, los iraníes, estén tan cerca de los Altos del Golán», explica a la Revista Española de Defensa, Jesús A. Núñez Villaverde, director del Instituto Sobre Conflictos y Acción Humanitaria (Iecah). De hecho, Hezbollah, que ha ganado experiencia y armamento durante el conflicto sirio, cuenta con un importante respaldo de la opinión pública en Líbano ante quien se presenta como un movimiento de resistencia con la voluntad y la capacidad para hacer daño a Israel. Tampoco es desdeñable el tira y afloja que mantiene con Estados Unidos. Durante el viaje que el presidente francés, Emmanuel Macrón, realizó a Washington a finales de abril, Donald Trump fijó el 12 de mayo como fecha tope para mantener el statu quo del actual acuerdo nuclear con Teherán. Si para entonces Europa no ha endurecido su postura y aceptado imponer nuevos límites a Irán, el tratado saltará por los aires. Ante este panorama, el único actor que, hoy por hoy, puede decantar la balanza es Rusia, que frente los amagos de retirada de Estados Unidos de la región —materializados en la suspensión de fondos a la filial humanitaria de Naciones Unidas para los refugiados palestinos, UNRWA—, aprovecha el vacío de poder para imponer su liderazgo.

«Cuando Obama estableció el objetivo de convertir a Estados Unidos en autosuficiente desde el punto de vista energético, envió una señal muy clara a las naciones árabes: no soy dependiente de vosotros y por lo tanto voy a tomar distancia. La última Estrategia de Seguridad de Donald Trump es una continuación de este plan. Oriente Próximo ha pasado de un escenario contraterrorista liderado por Washington a otro de competencia entre Pekín y Moscú. No es que EEUU quiera desentenderse de esta zona, es que no quiere estar comprometido en asuntos regionales aquí» indica Núñez Villaverde, haciendo referencia al giro geopolítico Asia-Pacífico de la administración norteamericana. Por su parte, la Casa Saud, que ha cedido su testigo al príncipe heredero, Mohamed Bin Salman (MBS), se encuentra inmersa en una transición marcada por las continuas reformas económicas y sociales compaginadas con purgas políticas, aplaudidas en Occidente y cuestionadas en Riad. Su rol en el conflicto de Siria, la enemistad con sus hermanos del Golfo, su acercamiento a posturas israelíes y la guerra que libra en Yemen, —el segundo país más pobre del mundo y donde no han conseguido imponerse sobre los hutíes zaidíes después de tres años de enfrentamientos— mantiene en vilo a una sociedad cada vez más joven, mejor preparada y con mayor accesibilidad a las redes sociales y al exterior. También es evidente que la narrativa sectaria, cada vez más presente en los discursos, se ha apoderado de las relaciones exteriores de Irán y Arabia Saudí, y que tiene como objetivo penetrar y proyectar su poder en países como Líbano —donde a finales de año Riad trató de deponer, sin éxito, al primer ministro Saad Hariri—, Irak, Siria o Yemen. Sin embargo, los recientes traspiés en política exterior del príncipe heredero saudí podrían facilitar que la todavía incipiente y elitista oposición interna dirigiera su mirada a Irán como el único capaz de oponerse a Riad.

CRISIS REGIONAL

«El conflicto entre suníes y chiíes se ha instrumentalizado políticamente porque es fácil identificar ese sentimiento en la sociedad, fortalecerlo y, posteriormente, enfrentarlo contra el que es distinto», afirma Haizam Amirah, investigador principal del Real Instituto Elcano. «La región está fracturada por múltiples partes, en primer lugar a nivel estatal; en segundo a nivel social, lo que implica una falta de políticas de identidad y la proliferación del sectarismo; y en tercero, en una fractura geopolítica por lo que la región no está integrada ni se presta a marcos de seguridad colectiva», continúa el analista de Elcano. Ejemplo de todo ello es la actual situación que vive Egipto. Atrás quedaron las promesas de paz social y democracia que llevaron a la revolución del 2011. Los problemas estructurales de un país de más de 93 millones de habitantes, que clama cambios políticos, continúan siendo los mismos.

Egipto, que encabeza la Liga Árabe, se ha convertido en un interlocutor de segunda en los foros políticos y económicos, que actualmente lidera Arabia Saudí. Incluso ha rechazado la propuesta de Washington para formar parte de la que pudiera ser la OTAN árabe, lo que, en cierta medida, le aproxima a Moscú. «Egipto es el mejor ejemplo de que no hemos aprendido nada. Los Hermanos Musulmanes, con millones de seguidores, no van a aceptar el golpe de gracia del general Al Sisi. El Gobierno está comprando la paz social con promesas de mejoras de bienestar, sin embargo, no se ve ningún avance económico», indica Núñez Villaverde. El conflicto palestino-israelí, anquilosado en el tiempo, ha vuelto a captar la atención de la opinión pública.

El próximo 15 de mayo se celebra el Nakba, que recuerda la fecha en la que cientos de miles de palestinos abandonaron sus hogares, mientras que Israel conmemora el aniversario de la constitución de su Estado como nación. Desde el 30 de marzo y hasta esa fecha los palestinos llevan a cabo la Gran Marcha del Retorno. Este año, la Marcha fue duramente respondida por Israel y costó la vida a 16 personas y hubo cerca de 1.500 heridos. Una llamada social ha bastado para ofrecer las imágenes más violentas del enfrentamiento que divide a israelíes y palestinos de los últimos cuatro años. Pero en esta ocasión, las naciones árabes —sumidas en la deriva regional y las cuestiones internas de cada Estado— han abandonado la causa palestina. Las últimas declaraciones del príncipe heredero saudí al periódico norteamericano The Atlantic, donde manifestó «el derecho de los palestinos e israelíes a tener su propia tierra», son muestra de ello.

Algunos medios han llegado a apuntar que Bin Salman está concretando un plan de paz con Estados Unidos para ofrecer un nuevo territorio a los palestinos. No hay constancia, pero lo cierto es que, la escalada de conflictos en Oriente Próximo ha desviado el foco de atención de la cuestión palestino-israelí, lo que otorga al estado de Israel mayor margen de actuación.

LA CUESTIÓN KURDA

«Lo que ha caracterizado a los kurdos a lo largo de la historia son sus fracturas internas y enfrentamientos directos. Entre Turquía, Irán, Siria e Irak las relaciones pueden atravesar diferentes etapas, buenas o malas, pero respecto a la cuestión kurda hay una estrategia común para que ese futurible estado kurdo no vea la luz», asegura Nuñez Villaverde. Los peshmerga han desempeñado un rol esencial en la lucha contra el Daesh, sin embargo, los continuos enfrentamientos, la diferencia entre sus lenguas maternas, afiliaciones religiosas, reivindicaciones políticas y la desigualdad de los recursos que controlan los diversos cantones —las regiones kurdas en Turquía e Irán carecen de desarrollo económico, mientras que los de Irak han gestionado durante décadas grandes yacimientos de petróleo y gas natural— hacen prácticamente inalcanzable el consenso que materialice el sueño de la Gran Nación del Kurdistán.

Las autoridades que gobiernan la región autónoma del Kurdistan iraquí —el Partido Democrático de Kurdistán (KDP)—, rivalizan con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) turco. Por su parte, el Partido de la Unión Democrática (PYD), ubicado en Siria, es el único que logró constituir la Federación Democrática del Norte de Siria durante el conflicto, que funciona como una entidad autónoma. Un riesgo que vecinos como Irán y Turquía intentarán aplacar por todos los medios. Todo está aún por definir y Oriente Próximo está sufriendo un nuevo resquebrajamiento en el que los grandes quieren conseguir el mayor gajo posible. Y el pueblo kurdo y, sobre todo, sus recursos es una de las piezas a repartir.

 

 

 

*** Artículo publicado en la Revista Española de Defensa ***

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