Irán enseña los dientes a Trump

Las relaciones entre Estados Unidos e Irán -y el acuerdo llevado a cabo por Obama- se encuentran en la cuerda floja desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. El camino hacia Teherán pasa por Damasco, que parece estar capitulando paso a paso una guerra que dura ya cinco años y que ha desangrado el Creciente Fértil.

Tras la caída de Alepo, el régimen de Bashar al Assad ha doblegado a las fuerzas rebeldes, especialmente presentes en zonas rurales, y ha retomado viejas cuentas pendientes en el suroeste, concretamente en Daraa. A tan solo 15 kilómetros de la frontera jordana la oposición ha jugado en esta provincia la peor de sus bazas, la de la provocación y la inestabilidad. Con la última ofensiva, las facciones disidentes y terroristas han entregado la bolsa sur al Gobierno de Assad que, gracias a los bombardeos rusos sobre posiciones estratégicas en el terreno y a la consolidación de los pactos nacionales, ha conseguido inclinar la balanza a su favor.

Siria, la cuna de la civilización, ha sido durante un lustro el foco mediático de un conflicto de carácter internacional. La complejidad de la guerra y la cantidad de actores involucrados en la misma han destruido la identidad del país, que actualmente se encuentra totalmente fragmentado. Pese a todo, los principales jugadores del tablero sirio han comenzado a descubrir sus cartas.

El pasado 29 de enero, nueve días después de que Donald Trump jurara el cargo como presidente de los Estados Unidos, ocupara la Casa Blanca y activara su incendiaria cuenta de Twitter, un misil balístico fue lanzado a 225 kilómetros desde el este de Teherán. Sin duda, esta fue solo una de las primeras píldoras informativas que avisaron de la creciente tensión entre Teherán y Washington y que se sucederán durante los próximos meses: el 19 mayo la República islámica celebrará elecciones y el actual presidente, Hassan Rohani, podría ser reelegido para liderar al país en este nuevo escenario bélico que vuelve la mirada hacia Asia-Pacífico.

Mientras que Estados Unidos, Europa y Rusia -aliada de los ayatolás y a la vez asfixiada económicamente a causa de su inversión en la guerra de Siria-, tomaron el lanzamiento del último misil como una provocación hacia la nueva Administración norteamericana, un discreto espectador se mantuvo en el backstage: China. El gigante asiático guardó silencio, pese al coqueteo y los misiles dialécticos que Trump mantiene con su enemigo, Taiwan. Por su parte, Corea del Norte, que parece entenderse con el régimen islamista en términos de maniobras militares, lanzó el pasado 12 de febrero otro misil balístico que fue a parar en aguas del mar del Japón.

Trump vs Irán

“Las relaciones entre Estados Unidos e Irán están volviéndose muy peligrosas”, declaró hace tan solo una semana al canal de televisión Al Jaazera el experto para el Chicago Council on Global Affairs, Saeid Golkar. El endurecimiento de las sanciones por parte del Gobierno norteamericano hacia 12 empresarios y 13 empresas iraníes o las maniobras militares no dejan de ser una parte más de la orquestada puesta en escena y un ejemplo de la urgente y conflictiva agenda de Exteriores de ambos Estados. “Trump solo tratar de intimidar a Irán para que tome medidas”, explicó el experto.

Desde el comienzo de su campaña electoral Donald Trump ha criticado con dureza la naturaleza del pacto entre Estados Unidos e Irán, conocido como el Joint Comprehensive Plan for Action (JCPOA). El documento apoyado por el presidente saliente estadounidense, Barack Obama, no cuenta con la consideración legal de tratado al no haber sido ratificado. Es decir, será el actual presidente Trump quien decida acerca de la continuidad del acuerdo o quien finalmente considere dejarlo en papel mojado. Tan solo cuatro semanas después de asumir la presidencia de Estados Unidos, la guerra de la dialéctica encabezada por el más polémico de los presidentes estadounidenses hasta el momento, hace peligrar uno de los mayores acuerdos sobre la proliferación nuclear de las últimas décadas.

“No buscamos tensiones, pero resistiremos ante cualquier amenaza”, advirtió Rohani a la nueva Administración estadounidense durante la celebración de la victoria de la Revolución Islámica, que expulsó a la monarquía Pahlavi en 1979 de Irán.

El pasado 11 de febrero se cumplió el 38 aniversario de la sublevación de los islamistas y un discurso exacerbado marcó el ritmo de las arengas políticas. A diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones, el sentimiento de unidad no encontró su razón de ser en la doctrina religiosa ni en la figura que representa el líder supremo. La verdadera conciliación entre los diferentes sectores ideológicos y generacionales se produjo gracias a Trump. Miles de iraníes se echaron a las calles de Teherán durante los mitines para dejar constancia de la posición de los persas ante la creciente amenaza: “¡Muerte a Estados Unidos!”.

Era el renovado espíritu del 79, el de los enfurecidos ayatolás, los hijos de la revolución que, como entonces, procedieron a la quema de la stars and stripes, como se conoce a la bandera estadounidense. Más sanciones y presión económica no serán esta vez fácilmente aceptadas por un enojado y ahogado pueblo iraní.

 

*** Artículo publicado en Bez.es ***

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